¡AL DIABLO CON LA CULTURA!

“A los señores políticos: hagan algo por la cultura porque es lo único que hay que hacer". Ricardo Darín hizo lo que había que hacer en la gala de los Goya con más políticos por metro cuadrado de la historia; políticos que, por lo general, no sólo se han desentendido de la cultura, sino que la han desprecdiado, gravado, obstaculizado y hostigado. Y es que la democracia no acabó de traer a España una buena relación duradera del país con la cultura. En este país, la cultura sigue siendo socialmente sospechosa y políticamente considerada como un lujo, un capricho, un contrapoder: cuanto más instruida es la gente, más aumenta su potencialidad crítica y su capacidad para poner en tela de juicio los dislates del poder. Bien es verdad que venimos del nacionalcatolicismo y de la inquisición de turno, que siempre exige profesiones de fe para demostrar la pureza de sangre democrática. Parece que en este viaje a ninguna parte, permanecer en el fiel de la balanza parece imposible, sobre todo cuando se tiene una edad, mil experiencias acumuladas durante la larga vida y una granítica cultura cimentada durante décadas de ejercicio profesional. Con dicho bagaje, cualquier mortal debiera confesarse un poco de derechas y otro poco de de izquierdas, un liberal de toda la vida o un neoliberal de nuevo cuño, un punto facha y un deje levantisco por la izquierda más radical. Al menos para los que elegimos la cultura como un arma cargada de pasado, de presente y de futuro.

En estos momentos en que la vida española transita por caminos inciertos ante unas elecciones decisivas, harían bien los protagonistas de este momento en mirar al país como el marino, intentando indagar por quéy por quiénes votarán los electores. Como sugería Lucian Freud, no deberían planear cómo debería ser su gobierno, sino qué esperan los ciudadanos de sus gobernantes. Su objetivo no tendría que ser el poder a cualquier precio, sino cómo implicar a la gente en sus decisiones de futuro. La política de este país requiere más autenticidad y más emoción, menos promesas imposibles y menos impostura. Theodore Zeldin, uno de los pensadores más relevantes del momento desde su atalaya como profesor de Oxford, afirma en su libro “Los placeres ocultos de la vida” que las apariencias ya no son lo que eran y la gente rechaza, como Freud, las relaciones que no son auténticas. La transparencia y la autenticidad son hoy valores supremos. Debería tenerlo en cuenta tanto negociador que se pone estupendo en estos días. No es el momento de hacer grandes frases, sino de asumir grandes decisiones. Si este país hubiera establecido hace muchos años unas mínimas bases inamovibles lineas rojas que ningún partido se saltara por muy mayoritariamente que saliera votado, la situación política actual no sería la misma. Otros países, más civilizados o previsores, ya las tienen. Una educación pública de calidad, una justicia “justa”, unos medios de comunicación públicos a prueba de sectarismos aprtidistas y el acceso a una cultura formativa y satisfactoria.

Ahí tenemos el trágico futuro de la universidad: sólo una élite podrá estudiar Economía. Dos profesores de la London School of Economics and Political Science, James Johnston y Alan Reeves, advierten que el nuevo diseño del sistema educativo puede provocar una nueva división: las carreras pensadas para los más ricos y otras más prácticas para los menos adinerados La educación superior se encuentra en cambio constante, no sólo en España, sino también en el resto de países europeos. Las exigencias del mercado laboral, así como el aumento exponencial de estudiantes, ha provocado que la universidad se replantee su papel dentro de la sociedad, lo que ha dado lugar a cambios diversos y, en muchos casos, contradictorios: ¿es la mejor puerta de acceso al trabajo o debe preservarse su carácter teórico? ¿Una universidad para trabajar o una universidad para investigar?

Vida sin cultura

El mundo político ha expulsado sin titubeos de su retórica cualquier conexión cultural. Los ciudadanos han dejado de relacionar su libertad con la búsqueda de la verdad y la belleza”, escribe el profesor de Estética Rafael Argullol en un artículo titulado “Vida sin cultura”. Casi han desaparecido el acto de leer y la mirada reflexiva sobre el arte producido durante milenios. Síntoma de este deterioro es la abrupta sustitución de la lógica filosófica por la del emprendedor en la reforma educative

Esto habría sido imposible en los últimos tres siglos. Pero el mundo político, el que más crudamente expresa las oscilaciones de la oferta y la demanda, no es sino la superficie especular en la que se contemplan los otros mundos, más o menos distorsionadamente. La expulsión de la cultura —o de una determinada cultura: la de la palabra, la de la mirada, la de la interrogación— es un proceso colectivo que afecta a todos los ámbitos, desde los medios de comunicación hasta, paradójicamente, las mismas universidades. “No obstante –afirma– en ninguno de ellos es tan determinante como en el de los propios ciudadanos, que han dejado de relacionar su libertad con aquella búsqueda de la verdad, el bien y la belleza que caracterizaba la libertad humanista e ilustrada. La utilidad, la apariencia y la posesión parecen, hoy, valores más sólidos en la supuesta conquista de la felicidad”. Y puede que sea cierto. Igual la vida sin cultura es mucho más feliz. O puede que no: puede que la vida sin cultura no sea ni siquiera vida, sino un pobre simulacro, un juego que sea aburrido jugar. Quizá lleguemos a ver cómo será la vida sin cultura.

De momento ya tenemos indicios de lo que está siendo, paulatinamente, un mundo que ha optado, al parecer, por desembarazarse de la cultura de la palabra pese a poseer índices de alfabetización escolar sin precedentes. “Hace poco –escribía Argullol– un editor me comentaba que el problema —o, más bien, el síntoma— no eran los bajos niveles de venta de libros, sino la drástica disminución del hábito de la lectura. Si el problema fuera de ventas, decía, con esperar a la recuperación económica sería suficiente; sin embargo, la caída de la lectura, al adquirir continuidad estructural, se convierte en un fenómeno epocal que necesariamente marcará el futuro”. El preocupado editor —un buen editor, de buena literatura— añadía que, además, la inmensa mayoría de los libros que se leen son de pésima calidad, desde best sellers prefabricados que avergonzarían a los grandes autores de best sellers tradicionales, hasta panfletos de autoayuda que sacarían los colores a los curanderos espirituales de antaño.

El pseudolector actual rehúye las cinco condiciones mínimas inherentes al acto de leer: complejidad, memoria, lentitud, libertad y soledad. Abomina de lo complejo como algo insoportablemente pesado; desprecia la memoria, para la que ya tenemos nuestras máquinas; no tiene tiempo que perder en vericuetos textuales; no se atreve a elegir libremente en la soledad que, de modo implacable, exige la lectura. Este pseudolector —en el que se identifica a la mayoría de nuestros contemporáneos— no puede leer un solo libro verdaderamente significativo de lo que hemos llamado, durante siglos, “cultura”.

 

Sobre el marasmo actual de España

Gregorio Morán, el autor y periodista que mejor ha interpretado la historia cultural y política de la España contemporánea, escribe su último libro: ‘El Cura y los mandarines”: “Dicen de los” periodistas que somos los más comprables y no es verdad, nos ganan los intelectuales”. Este libro, escrito después del trabajo de investigación de diez años que relata el devenir de los intelectuales de la cultura española de la segunda mitad del siglo XX, nacía para querer dar una respuesta a una pregunta insatisfecha: “¿Qué fue sucediendo para que los mandarines, las figuras críticas de nuestra cultura de los años sesenta, se fueran haciendo cada vez más conservadoras, hasta convertirse en institucionales?”.

Es un signo de los tiempos. Hace aproximadamente un siglo, la Real Academia Española (RAE) no tenía un gran prestigio: Ortega y Gasset, con tendencia aristocrática, jamás tuvo el más mínimo interés en entrar en la Real institución. El poeta más importante del siglo XX en España, Juan Ramón Jiménez, tampoco tuvo el menor interés en pertenecer a ella. Antonio Gala repite siempre que la Academia no le quita el sueñoi, sino que le da sueño.Y don Ramón María del Valle Inclán, cada vez que pasaba por la puerta de la Real Academia, orinaba en la pared. Su prestigio fue de gente que tenía ambiciones de aparecer, pero a un escritor no le añade nada la Academia, salvo a Vicente Alexandre, que cuando asistía le daban un duro.

No hace mucho se cumplían los cincuenta años del fallecimiento de Gregorio Marañón, quien, con Ortega y Pérez de Ayala, fundó la Agrupación para la Defensa de la República, de la que tuvo que abjurar como el propio Ortega –“No es esto, no es esto”— pero que resultó ser uno de los grandes intelectuales españoles del siglo pasado. Releyendo las dimensiones de la obra de Marañón se llega a la triste conclusión de que el hoy de España hay que leerlo en la descripción de estos clásicos, porque no ha habido generación intelectual que los sustituya. Y en esa tarea, pocos –acaso ninguno— como el bilbaíno Miguel de Unamuno, cuyos ensayos siguen siendo –lo mismo que muchos textos de Marañón y Ortega— auténticas candelas que barren la oscuridad de la vida española presente.

“Atraviesa la sociedad española honda crisis; hay en su seno reajustes íntimos, vivaz trasiego de elementos, hervor de descomposiciones y recombinaciones, y por de fuera, un desesperante marasmo”, escribía en 1895 Unamuno en su ensayo “El marasmo actual de España”,. Y añadía como si de nuestro país hoy se tratase que “los unos adoran lo tozudo y llaman constancia a la petrificación; los otros plañen la penuria de caracteres, entendiendo por tales hombres de una pieza. Nos gobierna, ya la voluntariedad del arranque, ya el abandono fatalista”. No se quedaba ahí e insistía el catedrático de Salamanca que “se dilata por toda nuestra actual sociedad española una enorme monotonía, que se resuelve en atonía, uniformidad mate de una losa de plomo de ingente ramplonería”. Y remacha: “Es un espectáculo deprimente el del estado mental y moral de nuestra sociedad española (…) es una pobre conciencia colectiva homogénea y rasa. Pesa sobre todos nosotros una atmósfera de bochorno; debajo de una dura costra de gravedad formal se extiende una ramplonería comprimida, una enorme trivialidad y vulgachería”.

A esta situación denominaba Unamuno el “marasmo actual de España” en junio de 1895. El bilbaíno, que fue siempre un hombre un tanto taciturno y pesimista, pero de una esplendorosa lucidez, no imaginaba una sociedad como la actual, donde los nuevos “mass media” han deshumanizado definitivamente lo que él denominaba la “idiosincrasia española”. En tiempo de crisis –de marasmo—hay que retrotraerse a los hombres de la generación del 1898 y de 1927 y lamentarnos de que hoy, en España, no haya intelectualidad que hayan tomado el testigo de ese enorme patrimonio de ideas y pasiones, de pulsiones y reflexiones, de las que España necesitaría en abundancia para diagnosticar qué nos pasa y por qué nos pasa.

 

El poder de los intelectuales 

¿Pero qué se le exige hoy a un intelectual? ¿Independencia? No siempre. ¿Quiénes son los intelectuales y cuál es su función? Algunos, como Edoardo Sanguineti, lo tenían muy claro: son personas con grandes conocimientos que colaboran en la difusión de la “conciencia de clase”, una afirmación donde el componente ideológico resulta por completo evidente. ¿Pueden, en este sentido, los intelectuales manifestar tan abiertamente sus tendencias, o esto es ya algo del pasado? ¿Sigue habiendo intelectuales hoy en día? Y, aún más, ¿qué posiciones ocupan dentro del sistema?

Al hilo de estos y otros interrogantes, hilvanaba el ex Ministro de Cultura, César Antonio Molina, sus penúltimas propuestas ensayísticas en “ La caza de los intelectuales. La cultura bajo sospecha”, un libro que centra su interés en la compleja relación fraguada entre ese extraño grupo social al que llamamos intelectuales y el no menos genérico poder. Más de treinta intensas reflexiones sobre el estado de la cultura en nuestros días, partiendo del pasado.

“El intelectual, tanto de derechas como de izquierdas, toma posiciones ideológicas y las defiende con convicción, pero sin desprenderse de sus propios intereses”.

Especialmente llamativas, en este sentido, son las profundas contradicciones que el autor del ensayo constata en personajes como Séneca, Rousseau o Voltaire frente a la integridad de, por ejemplo, Mariano José de Larra o Spinoza: “A veces sucede que entre la obra de un escritor y su vida hay un gran abismo. Sus textos pueden ser ejemplares, pero él mismo representar todo lo contrario. No es éste el caso de Spinoza”. Hombres coherentes que son valorados de un modo muy positivo, a diferencia de las reservas que a cualquier lector le asaltarían ante otro tipo de comportamientos.

También se detiene en la otra parte del binomio cultura-poder, es decir, en mostrar cómo ciertos intereses políticos, económicos o, incluso, puramente personales han sometido al campo cultural en beneficio propio. Los ejemplos son múltiples y ricos en matices, hecho que demuestra el vasto conocimiento que el hoy director de la Casa del Lector posee de la tradición occidental, en especial de la francesa y, por supuesto, la nacional: de las conjuras latinas hasta las no menos violentas traiciones de Jovellanos y Campomanes, sin olvidar el implacable dominio de los reformistas sobre sus coetáneos, para terminar con el imperio de la sinrazón que asoló el siglo XX y del que todavía hoy continuamos padeciendo algunos de sus más sutiles vestigios.

Su profundo conocimiento de la situación cultural y política actual y, por supuesto, del pasado, le permite dilucidar con gran eficacia las nuevas distorsiones a que nos abocan ciertas derivas administrativas de la Europa menos europea, la excesiva mercantilización de los bienes culturales o el estado de anestesia mental que ha ocasionado el abandono de cualquier tipo de esfuerzo en la lectura. “Un intelectual perdido en la política” es la mejor definición que de sí mismo hizo Manuel Azaña, presidente de la Segunda República. La política busca el poder y los intelectuales son un contrapoder. Al intelectual se le destruye incorporándolo a una ideología y retirándole la independencia. “Él llegó a la política totalmente formado, con su carácter hecho y, sin duda, debido a ese carácter es por donde más se apartó de lo corriente en ese mundillo”, escribe sobre Azaña, mientras establece un evidente reflejo con su propia persona. Y también: “Él siempre se mantuvo conforme a su conciencia y nunca perdió la libertad interior. El ejercicio de su inteligencia crítica lo puso a salvo de las mezquindades y ruindades, que fueron muchas, crueles e ingeniosas”.

De hecho, en “El odio a la cultura” desvela cómo los políticos a los que escribía discursos guillotinaban las referencias culturales: “No íbamos a dar conferencias, se argüía; además, no era conveniente manifestar un mayor conocimiento que los presentes. La democracia consistía en dar la sensación de que aquellas palabras podían haber sido pronunciadas por ellos mismos”, cuenta. Arremete contra el talante ralo, deshilachado, deshilvanado de los discursos que tuvo que escuchar en el Congreso y en el Senado. Ninguna referencia que “pudiera perturbar la siesta intelectual de sus señorías”.

“Un intelectual es una persona con una formación que le ha procurado un prestigio social y que puede emitir una opinión pública, sin nada a cambio. Y un político es una persona que defiende sus ideas partidistas de manera libre, cuyo fin es que se pongan en práctica”. La función del intelectual es la de orientar, guiar e iluminar a sus conciudadanos, por eso necesita a la prensa, para incidir en la opinión pública.

Tolerancia, libertad de expresión, de opinión, de conciencia, “esa es la lucha”. “La política busca el poder y los intelectuales son un contrapoder. Al intelectual se le destruye incorporándolo a una ideología y retirándole la independencia”, añade.

Jorge Semprún, en Federico Sánchez se despide de ustedes, que la política con la cultura es puro utilitarismo. Esas ideas que acabo de expresar o no se conocían, que es una desgracia de este país, o había otros intereses que pensaban que eran más prioritarios. Para Molina, la cultura fue invadida por la incultura. Transcribimos el guiño, cargado de referencia política y cinematográfica, cuando divide la cultura en dos: “La cultura de la ceja levantada y la cultura de la ceja alicaída”, esta última es definida como la incultura disfrazada bajo el sello de cultura popular. “Highbrow”, o ceja levantada, es un término que se refiere a la cultura de las élites: obras filosofícas, autores clásicos, música clásica, ensayo...”Lowbrow”, o ceja baja, se refiere a la cultura sin pretensiones intelectuales o elitistas. Existe también el término “middlebrow”, que tiene connotaciones peyorativas. El exministro declaraba: “Yo era de la ceja alta y se pasó a la ceja baja”. La cultura tenía un prestigio, una jerarquía y un valor que en las últimas décadas se ha subvertido. Se ha perdido el “prestigio y crédito reconocidos a una persona o institución por su legitimidad, calidad y competencia en alguna materia”. Para Molina, vamos camino de una desertización cultural. No hay quien le gane a apocalíptico.

La desfachatez intelectual

Tres frases sirven para hacernos una idea. Primera: “Esperanza Aguirre es la Juana de Arco del liberalismo” (a pesar de la trama Gürtel, Fundescam y el tamayazo). Lo dice Vargas Llosa y punto. Segunda: “José Luis Rodriguez Zapatero es el peor gobernante de España desde Fernando VII” (por lo visto, mucho más dañino que Francisco Franco y Miguel Primo de Rivera). Lo dice Félix de Azúa y punto. “Sin Juan Carlos I no habría democracia en España” (qué importa la aportación de los sindicatos, el movimiento estudiantil o el Partido Comunista, además de que en nuestro entorno europeo todo sean democracias). Lo dice Javier Cercas y punto. El debate público en España funciona a base de sentencias lapidarias, sin verificar, que distintos ‘figurones’ sueltan desde sus poltronas mediáticas. Del público se espera que comulgue con ruedas de molino, basadas en el prestigio de quien enuncia la frase, más que en argumentos bien construidos, que se apoyen con datos verificables.

Esto es lo que denuncia, de manera sólida y minuciosa, el nuevo libro del profesor de Ciencias Políticas Ignacio Sánchez-Cuenca, ‘La desfachatez intelectual’, un sonoro ‘zasca’ a los columnistas de mayor prestigio de nuestra esfera pública. Les acusa de “machismo discursivo”, “cultura de amiguetes” y “provincianismo intelectual”.

Escritores e intelectuales ante la política es un ejercicio de crítica con nombres y apellidos que, como él mismo asume, “es raro e incómodo en nuestro país”. El ensayo, de algo más de 200 páginas, fija el foco en un grupo de escritores / comentadores políticos / todólogos, encabezado por Mario Vargas Llosa, en el que también figuran Antonio Muñoz-Molina, Fernando Savater, Félix de Azúa, Javier Cercas, Arturo Pérez-Reverte, Jon Juaristi y otros habituales de las páginas de opinión de El País y el ABC.

Este grupo de “santones”, que Sánchez-Cuenca emparenta con las generaciones del 98 y del 14, se forjó en los años noventa del siglo pasado, con el fin del periodo felipista y el empuje antiterrorista y españolista de Aznar, y comparte varios elementos comunes, explica el autor: “La impunidad con la que opinan, un estilo mucho más literario que analítico, su viraje desde la izquierda hacia posiciones reaccionarias y la insistencia en escribir desde la trinchera antinacionalista, incluso si no viene a cuento”.

Sánchez-Cuenca construye un alegato razonado contra “la cultura de amiguetes, que medra y se desarrolla en paralelo al capitalismo de amiguetes”. Con su claridad habitual, el autor mete el bisturí en artículos e intervenciones públicas, y los rebate con argumentos y datos. La buena noticia es que, en la cara opuesta a esa “cultura holística y sin datos”, afirma el politólogo, asoma hoy “una nueva generación de firmas, con una argumentación mucho más elaborada, y un aumento del pluralismo que debería marcar la agonía del figurón clásico de nuestras letras”.

Así que tenemos un grupo de intelectuales cuya característica principal es la desfachatez. ¿Forman una generación?. “No estoy seguro. Lo que les une es la impunidad de sus opiniones y la mala conciencia por el rumbo ideológico que han adoptado. Cualquier cosa que huela a progresismo muchos de ellos lo ven como parte de sus ideas pasadas y, en definitiva, como algo que hay que superar; por eso tienen una actitud intransigente hacia quienes no siguen la misma trayectoria que ellos. Esa evolución hacia posiciones cada vez más conservadoras, cuando no reaccionarias, se debe a una especie de epifanía que tuvieron con el terrorismo y el nacionalismo en los años noventa”, afirma el autor.

Son muchos los ejemplos de intelectuales que han interpretado el reconocimiento público que reciben por su obra literaria o ensayística como una forma de impunidad. Llegados a cierto punto de “consagración”, saben que digan lo que digan, por muy arbitrario o absurdo que resulte, nadie les va a mover la silla. Es como si la acumulación de malas ideas y opiniones infundadas no tuviera apenas impacto sobre su reputación, de modo que ningún periódico se atreverá a prescindir de sus servicios, ni las editoriales rechazarán sus manuscritos ni les dejarán de invitar a conferencias, cursos de verano y demás actos culturales y académicos.

La aparición en las nuevas generaciones de gente con mayor preparación intelectual para hablar sobre temas políticos (corrupción, nacionalismo, terrorismo, relaciones internacionales, integración europea, administración pública, financiación autonómica, partidos políticos, etc.) ha sido clave para poner en evidencia el estilo del viejo intelectual que cree que puede opinar sobre cualquier asunto sin haber hecho unas lecturas mínimas al respecto.

Javier Varela, profesor de Historia del Pensamiento Político de la UNED, en su análisis histórico de los intelectuales ya mostró que la obsesión con el problema nacional viene de lejos. Y también señaló que la principal limitación intelectual de los escritores y ensayistas de la generación del 98 en adelante fue su aproximación estética y moral al tema de España. En el fondo, cuando hablaban sobre los problemas de la patria, hablaban sobre sí mismos: “Ocupados en la tarea de la creación literaria, obsesionados en la invención de su personalidad, el intelectual español llevó hacia la política los valores estéticos; tendió a confundir su privadísima moral –heroica, sublime– con la moral pública”. Resulta fascinante que un siglo después sigamos en las mismas. Las intervenciones políticas de Antonio Muñoz Molina, muy celebradas por el establishment cultural del país, se basan en muchos casos en la contraposición entre unos valores morales encarnados por él mismo y la traición a dichos valores por parte de una clase política ignorante y sin visión que condena a España a mantenerse en un atraso secular. La política pasa a ser el reflejo de las deficiencias morales de nuestra clase dirigente. La misma posición parece advertirse en la denuncia furiosa que hace Azúa de las élites españolas e idéntica solución moral y privada propone para hacer frente a la barbarie que nos rodea:

Varela va más allá y sitúa en esta aproximación moralizante a la realidad política el origen de los cambios ideológicos que los intelectuales vienen recorriendo en sus biografías personales desde el 98 hasta el presente. De la misma manera que Ortega y Gasset fue a lo largo de su vida liberal, conservador, socialista, demócrata, etc., algunos de los más egregios intelectuales de nuestro tiempo han pasado por el marxismo-leninismo, la socialdemocracia y el liberalismo, para acabar recalando en posiciones que solo cabe calificar de reaccionarias. Por supuesto, todo el mundo tiene derecho a evolucionar ideológicamente y no puede sino celebrarse que, quienes defendieran dogmáticamente el marxismo-leninismo en su juventud, hayan acabado después defendiendo el liberalismo (por más que lo hagan con el mismo dogmatismo que entonces). Pero dicho esto, no es fácil despejar la impresión de que hay un elemento de frivolidad intelectual en esos virajes tan pronunciados.

En nuestro país hay mucha gente con preparación suficiente y ganas de renovar y mejorar el nivel de nuestro debate público sobre la política. Sin embargo, las editoriales, los grandes grupos de comunicación y, por qué no decirlo, gran parte del público siguen prefiriendo al intelectual clásico que además de una escritura eficaz y elegante, con fuerte voluntad de estilo, ofrece juicios apodícticos y temerarios sobre temas complejos. El debate, en lugar de convertirse en un intercambio iluminador de argumentos y datos, se queda en un pase de modelos, en una feria de vanidades, en la que cada uno considera que la prioridad consiste en reafirmar su personalidad rodeándose de un conjunto de opiniones característico, que marque un estilo propio. Los excesos, las burradas, las extravagancias no solo no debilitan al intelectual, sino que incluso contribuyen a marcar aún más su idiosincrasia en el mundo de las letras.

Corolario

El corolario no deja de ser más descorazonador. Parece evidente que más pronto o más tarde lograremos salir de la crisis, pero no seremos un país moderno hasta que la esfera de lo público y lo privado dejen de rozarse, hasta que los empresarios no aprendan a competir lejos del favor político y hasta que la elite política no decida sacar las manos de los negocios privados. El contubernio entre lo público y lo privado, la cohabitación ilícita entre élites y la oligarquía económico-financiera, proverbial en la Historia de España y principal enemigo de la definitiva modernización del país, está alcanzando niveles desconocidos en estos momentos de crisis. Hasta que eso ocurra, seremos un país carcomido por la corrupción y las bajas pasiones. No hay que repasar mucho nuestra Historia, para saber que vuelve a repetirse. Y no necesariamente en clave de farsa, sino de tragedia.

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