La Mentira

Eran proverbialmente siete, desde la lista de santo Tomás de Aquino: orgullo, avaricia, glotonería, lujuria, pereza, envidia e ira. Anteriormente, San Cipriano y los moralistas Casiano, Columbano y Alcuino habían fijado el número en ocho. Pero el prestigio del papa San Gregorio el Grande llevó a mantener el número siete. Ahora, en nuestro siglo XXI, la BBC británica intenta actualizar esta prestigiosa lista moral. Según una encuesta en su país, sólo la codicia sobreviviría como pecado moderno. Y en lugar de los otros seis, aparecieron nuevos pecados de la era capitalista: la crueldad, el fanatismo, el adulterio, la hipocresía, el egoísmo y la deshonestidad.

Los encuestados aparecen, además, bastante enfadados con que la Humanidad haya conservado tanto tiempo la lista tradicional según un código dictado por semidioses, fuerzas naturales, tablas pétreas, los tomos del libro de la Biblia, etc., cuando algunas organizaciones mundiales, como las Naciones Unidas o varias ONGs no parezcan tener nada que decir.

Esta encuesta de la British Broadcasting Corporation (BBC) se hizo principalmente entre católicos, preguntando la opinión acerca de la vigencia de los pecados tradicionales y también si los reemplazarían por otros nuevos. El resultado salió en febrero del pasado año 2006 y se eligió como nuevo mayor pecado a la crueldad y como menor al egoismo. Resulta significativo que un viejo pecado, la codicia, que ilustró pinturas y descripciones artísticas y terroríficas fuera de lo común durante siglos, pueda mirarse hoy como un valor positivo en lo económico, aunque no en lo personal y político, “porque permite la producción de nuevas formas en los bienes y servicios de nuestro mundo capitalista”. La codicia lleva como pecado en la panoplia moral cristiana 800 años y se le considera como el deseo de obtener más dinero, riqueza o bienes materiales de lo que uno necesita. Y también es significativo el interés de la BBC por mantener sin cuestionamiento el número siete, una cifra sagrada del ocultismo o la cábala, como los siete colores del arco iris, las siete notas musicales, la siete maravillas de la antigüedad…

Doble Moral

Según el World Book Dictionary,la doble moral es “un criterio moral que se aplica con más rigor en un grupo (o individuo) que en otro”. Vulgarmente se dice “un doble rasero”, según se hacían de antiguo las medidas de áridos. En un libro de cuentas se trataría consecuentemente de “doble contabilidad”, en una guerra de “política”, en un teatro de “verosimilitud” y en el amor de “realismo positivo”.

La doble moral es injusta, se dice, porque viola el principio de justicia conocido como imparcialidad. La imparcialidad es el principio según el cual los mismos criterios se aplican a todas las personas sin parcialidad ni favoritismo. Cualquier madre o cualquier educador saben que eso es una monstruosidad, con lo que la doble moral resulta un imperativo con más frecuencia de lo que parece.

En las empresas, que no tienen madre ni posibles pedagogos que las eduquen, se viola la transparencia siempre que el imperativo económico se enfrenta al ético, pero eso sólo ocurre en los casos en que a alguien se le ocurra pensar en ello. O sea, que aunque es una práctica que se condena, de hecho es muy común su empleo y los empresarios que se conocen unos a otros no se engañan al respecto.

Esa es la razón de que los mayores problemas con la doble moral no se den entre los empresarios, que no tienen dudas en este punto, sino entre los empresarios y la fiscalidad, los empresarios y el sindicato, o los empresarios y alguna instancia representativa de los clientes o accionistas. En este caso, si se descubriera irregularidad, se suelen dar las satisfacciones adecuadas, multas en el caso de tropiezos con la administración, porque hablando estos interlocutores sociales distintos idiomas morales se opta por la mediación del dinero, el mejor y más reconocido mediador en la mayoría de los registros.

Polígrafo Empresarial

Para los casos de “no conformidad” o “no acuerdo”, que es lo mismo, la sociedad imperfecta –todas las sociedades lo son, incluso la sociedad capitalista– tiene habilitadas a personas inspectoras y fiscales de diverso nivel que comienzan por formarse como Licenciados en Derecho, Expertos Universitarios en Criminalidad y Seguridad Pública, Criminólogos, Graduados en Prevención y Seguridad, Detectives, Jefes de Seguridad, Oficiales Habilitados de Justicia, de Registros, de Notaría o Procuraduría, Peritos Caligráficos o Grafológicos y otros títulos y catalogaciones que llevan de complemento del Tesoro, de Hacienda, del Estado o, últimamente, del Gobierno de España.

Asimismo resulta cada día más relevante el uso de diversas técnicas que ayudan a los controladores. De momento, algunos de los instrumentos más popularizados en los niveles más bajos de la empresa, como la selección de personal, son los detectores de mentiras. El “polígrafo –decía una noticia- se introduce en la escena laboral”. En un reciente reportaje sobre la vida empresarial en Ecuador, parece que agencias especializadas como Detecta Investigaciones, Inforc Ecuador, Laar Consulting, Ecuaveraz o Wackenhut trabajan eficazmente atajando en un porcentaje siempre mejorable un buen monto de mentiras adversas a sus intereses.

La empresa Ecuaveraz hace pruebas con un sistema de detección de mentiras por el estrés de la voz. Otras toman como indicadores la frecuencia respiratoria, la tensión arterial o los latidos del corazón. Existen sistemas de detección especialmente diseñados para reconocer a través del polígrafo a posibles “espías industriales” enviados por la competencia para recoger información. Parece que cuando un sujeto oculta la verdad siempre se manifiestan cambios psicofísicos involuntarios en el nutrido magma inconsciente que, según Freud, constituye más de un noventa por ciento de nuestro interior.

Pero cuando los empresarios entre sí, o con la Administración y con los accionistas, se tratan como caballeros y viven ejemplarmente entre todos, invocando aquella virtud prístina del primer capitalismo que Max Weber en su capítulo “Caminos de salvación y modos de vida”, de Economía y Sociedad, llama “ética de virtuosos”, en esa situación histórica en que el capitalismo-bebé vivía indiferenciado con su hermano siamés calvinista, por muy remota que hoy parezca y haga reír a alguno, nadie puede ni mentar la sospecha, sino, al contrario, hallar caminos de cooperación y amigable entendimiento.

La hipocresía social

Aparte del marco de las empresas, la doble moral campea libre por todo el espacio de la vida social. Un ejemplo de doble moral tradicional es el caso del adulterio, cuyo ejercicio respetable suele ser en muchas culturas aceptado para el esposo y negado a la esposa. En nuestro país, sin más, a un hombre que tiene sexo con muchas mujeres se le llama un don Juan, mientras que la mujer que tiene sexo con muchos hombres puede exponerse a oír, como poco, que la llamen puta.

Sin embargo, en no pocos países ocurre que las mujeres pueden usar términos ofensivos hacia los hombres o hasta darles un guantazo con mayor libertad e impunidad que los hombres hacia las mujeres. Otras diferencias que la doble moral permite entre distintos grupos sociales o en nuestras relaciones con la administración o el poder, mejor saberlas para no pegarse de nariz contra las paredes de cal o canto.

Por lo que la llamada “doble moral”, en no pocas ocasiones, podría pasar como una de las insustituibles “habilidades sociales” que aprenden hoy los adolescentes para evitar en la medida de lo posible su cuota inevitable de despropósitos. La doble moral es, además, la primera asignatura a convalidar en las sociedades más ceremoniosas –casi un arte de trato– donde, aparte de indicar cierto tono de clase, revela el puro ejercicio de la inteligencia natural. Lo que en la sociedad victoriana más rancia se llamaba discreción o, sencillamente, tacto.

En esto se diferencia de una de sus hermanas morales más celebradas en la lucha por la vida dentro de la empresa capitalista: la hipocresía. Aunque la distinción sea sutil, la hipocresía implica la aceptación de un solo criterio ético, pero que se incumple descaradamente. Se marcan las diferencias en dos líneas: un hombre que se arroga el derecho de tener aventuras extramatrimoniales negándoselo a su mujer, maneja una doble moral; pero el que condena el adulterio mientras mantiene a una amante, es un hipócrita. Los psicólogos sociales, que han sustituido en esta labor a los viejos moralistas eclesiásticos, alertan de que tanto la práctica de la doble moral, la hipocresía o la mentira (que viene a ser una hipocresía de carácter verbal, más unida a una situación y a una circunstancia concreta) están viéndose catapultadas en nuestros días a un poder prácticamente incontrolable.

Hasta no hace mucho no había otra forma de mentir más que en directo, por ejemplo. El correo tardaba demasiado y podía, además, poner en un compromiso a las mentiras de patas cortas, que son las que alimentan sus mayores recursos en el mentidero breve y el rumor de pocos días. Son estas mentiras, pequeñitas y dinámicas, las agraciadas con el premio gordo de la historia cuando la técnica regaló a la Humanidad el transmisor más veloz de mentiras del mundo: el e-mail.

Según la empresa de consulting IDC se envían 31.000 millones de correos electrónicos al día y, según algunas encuestas fiables, de ellos sólo un 70 por ciento es medianamente fiable. Pero hay que tener en cuenta que un 25 por ciento es spam. La conclusión es que conceder fiabilidad a más del 5 por ciento de los mensajes de nuestro ordenador resulta muy arriesgado. Pero es que, además, fuera de nuestra conexión con internet podríamos calcular que mentimos regularmente no menos de un 45 ó un 50 por ciento. La mentira pequeña, puntual, es uno de los ladrillos más eficaces para la construcción de nuestra fachada hipócrita en la relación social y para la efectividad más consecuente de la doble moral en la vida bajo el sistema capitalista. El resto de la existencia es comer, dormir y el poco más que todos exageramos por instinto.

La mentira como arte

Mentimos sobre por qué hemos llegado tarde al trabajo o a una cita, mentimos en el amor, mentimos en las relaciones de amistad y siempre que se presentan de pronto y sin avisar obligaciones casi olvidadas de un compromiso preestablecido. Verdaderamente, cada vez que decimos la verdad es porque no nos queda más remedio o porque se trata de asuntos irrelevantes. Bueno, también está ese uno o una de cada millón a quienes dicen que les toca la loto, a quienes decir la verdad, según los anuncios, les sirve de irrenunciable venganza ante los jefes que les fiscalizaron la vida.

Los demás, a mentir. Que es triste, porque, según los testimonios de un libro de autoayuda, lo que a la gente le gustaría es decir sin más cosas como éstas:

—Llegué tarde al trabajo, señor Ordóñez, porque ayer me quedé fumando porros hasta las cuatro.

—No, si no te canses, Puri, que esta noche ésta no se pone tiesa; si vengo del apartamento de tu amiga Marisol.

—Oye, que no me presenté el día de tu cumpleaños porque me pareció más interesante quedarme en casa viendo el partido.

—Carlos, mira: no te estoy prestando atención porque me tienes hasta el moño, pero tú no te cortes, criatura, que tenemos hasta mañana.

Pero es un error garrafal admirar a los que son capaces de decir la verdad a la cara del jefe, de la esposa o de los amigos. Acaban por reducir su juego neuronal, se les empobrece la psique. Seguramente contribuye más a la evolución del ser humano decir:

—No sabe el embotellamiento que había, señor Ordóñez.

—Discúlpame, Puri, pero hoy tuve mucho stress en el trabajo.

—No fui a tu cumpleaños porque murió mamá.

—Es increíble lo que me estás contando, Carlos, te compadezco y te apoyo.

La mentira exige creatividad, cierto esfuerzo, sacar lo mejor de nosotros, como el arte. Recuérdese a Sherezade cómo sobrevivía cada noche –era su método para no morir– con una mentira tras otra, bien fabuladas. Una mentira con introducción, nudo y desenlace. Y, dentro del mundo de la empresa, en el corazón del capitalismo, hay que ser conscientes de que la mentira beneficia a ambas partes, es, siempre, un buen negocio. Un buen artista, un ejecutivo ascendente, un escala peanas que promete, un medrador político como los que pinta Forges, apenas dicen dos o tres verdades en su vida cotidiana. Tenemos sobrevalorado el pundonor y las verdades. Son las mentiras quienes mueven al mundo, especialmente en el capitalismo.

En el mundo editorial los mejores ensayos y tesis doctorales son por descubrir cómo nos miente la prensa, la tele, el consejo de administración, el Gobierno, la Oposición, la esposa, el marido, los amigos, la señalización pública, los spots televisivos, la derecha política y la izquierda política, la iglesia y las sectas, el pescadero, el portero…¿Seguimos? Nuestro mundo odia, sobre todo, el aburrimiento: por eso miente.

David Livingstone Smith, director del Instituto de Ciencias Cognitivas y Psicología Evolutiva de la Universidad de Nueva Inglaterra, en EEUU, asegura que la selección natural favorece a los mentirosos frente a los honestos. (Que cada cual saque sus propias conclusiones).

“La mentira no se ciñe simplemente al hecho de decir cosas que no son verdad. También mentimos al ocultar información o al decir algo que es verdad de manera tal que el interlocutor crea que es falso. Yendo más allá, podemos mentir sin utilizar las palabras, a través de una sonrisa falsa, al andar o adquirir posturas que aparentan confianza en uno mismo –como suele hacer Woody Allen en varias de sus películas–, mediante el uso de cosméticos que disfrazan nuestra apariencia real, al fingir un orgasmo...” A Livington Smith le gusta poner los ejemplos de otros seres naturales, como las plantas que tienen flores que parecen avispas hembras para atraer a los machos, las serpientes que fingen ser venenosas, etc., y mienten para vivir. Nosotros, asegura Smith, mentimos “para obtener algún beneficio, poder, estatus, dinero, sexo…, o simplemente para fastidiar”.

Para confirmar su tesis, Smith sólo nos pide que pensemos en nosotros mismo o, mejor aún, en algún político, incluyendo, por supuesto, a los de nivel autonómico y municipal. Consecuentemente –Smith en este punto va más allá de sus competencias científicas y abunda en el discurso moral–, “aunque sea una pena, los mentirosos son los ganadores del juego de la vida y hay que aceptar que los humanos somos mentirosos natos, espontáneos, lo mismo que respiramos o sudamos; mentimos hasta en sueños y nuestro inconsciente es el mayor mentiroso de la creación.”

Gana Pinocho

Sin salir de nuestro país, Ignacio Mendiola, profesor de Sociología en la Universidad del País Vasco, ha escrito un libro que se titula Elogio de la mentira. Sin mentira, para el catedrático, “no cabe imaginar ninguna relación social.” La mentira permite que lo social funcione, y para que eso sea así se necesita que “no seamos transparentes”, algo que es invivible.

Que la vida social, sobre todo en el capitalismo, que nació con un espíritu tan acendradamente moral, según Weber, gire en torno a la mentira, no deja de ser contraproducente y algo decepcionante, sobre todo para los honestos. Pero tampoco es para tanto. El consolador por excelencia de la filosofía occidental, Boecio, ya decía que la mayoría no lo son. Honestos, se refiere. (A él la mentira de sus enemigos le costó la cárcel y la vida). Maiora videbitis: todavía os queda un montón por ver, decían los romanos. Y efectivamente, hemos visto cosas mayores, como al mandamás del mundo, Bill Clinton, crecerle la nariz como a Pinocho, tras la mentira oficial ante juez sobre sus relaciones con Mónica Lewinsky, lo que tuvo como primer efecto aumentar su caché como galán y conferenciante.

También aparece con nariz de Pinocho un calvo ejecutivo en la portada de la edición inglesa del libro de Seth Godin All Marketers Are Liars: todos los mercantiles son unos mentirosos. El texto de Godin parte de una idea bastante sencilla a la vez que llamativa: los consumidores no compramos productos o servicios, sino que compramos las historias que nos cuentan y que hacemos nuestras creyéndonos una mentira. Con más contundencia argumental, el francés Pascal Brucker, habla de la publicidad de los vendedores: lógica caníbal. Lo que, según este filósofo, engulle la publicidad es todo: el arte, la política, la psicología, los consejos del papá, de la mamá o la tía… “La publicidad se apropia de la política y le impone sus clips y sus eslóganes, la televisión pretende recomponer nuestros amores maltrechos, impartir justicia, suplantar a la policía, al psicólogo, al educador.” Resulta que nuestros grandes supermercados, nuestras empresas energéticas o nuestra industria se desvelan por nuestra felicidad, cuidan de nuestro entorno, curan nuestras fobias, compensan nuestras frustraciones y procuran nuestros deseos: “una lógica mediático-comerciante que se presenta como la solución universal de todos los problemas (…), un estómago capaz de digerir cualquier cosa.

” ¿Nos redactarán un día desde la pequeña o la gran pantalla las nuevas Tablas de la Ley? ¿Se nos convencerá finalmente de que lo que interesa a algunos es bueno para todos? ¿Se solaparán en un futuro las dos morales que forman la doble moral y nos aparecerán como Una, la “única moral”? Más vale que no. Mejor que siga la Doble Moral en sus imperfectas, pero parece que necesarias funciones.

LAS MENTIRAS MÁS COMUNES EN EL MUNDO DE LOS NEGOCIOS

Para muchos de nosotros la mentira y las disculpas son parte irrenunciable de la vida diaria. Trucos que usamos para medrar en los negocios, para pagar menos impuestos, para no cumplir con los horarios de trabajo, para no recibir a las personas que no queremos ver o para hacerles creer que somos muy importantes. Sí, son mentiras, pero tienen su sentido…De todo esto, unos ejemplos:

● El Director. no ha llegado.

● El Director está en una reunión.

● Es que el Director ha estado muy ocupado.

● Me comunican que su cheque se ha enviado hoy mismo.

● Se lo envío esta tarde.

● Te llamo mañana.

● Mira, Repiso, tengo que ir a recoger al niño.

● Me tocó llevar a Carlitos al médico.

● El presupuesto está casi listo.

● No me vas a creer, pero tardó media hora el autobús.

● Sólo me resta actualizarlo con los datos de esta semana y lo entrego en contabilidad.

● Al cheque solo le falta una firma.

● Posiblemente no me entendiste, pero eso era algo adicio- nal.

● Con ese seguro que usted va a firmar, usted queda com- pletamente cubierto.

● Le estoy poniendo materiales de primera...

● Son cosas que pasan en las mejores empresas.

● No es que estemos perdiendo participación de mercado, si no que el mercado total se está encogiendo.

● Perdimos al cliente por cuestión de precio.

● La culpa de nuestro mal desempeño en ventas es que la economía en general está muy débil.

● Ese nuevo producto (o servicio) que está ofreciendo la competencia no representa ninguna amenaza , créame.

● Es cierto que no cumplimos las metas, pero lo que pasó fue que el presupuesto quedó mal hecho.

● Es una investigación de mercado evidentemente no re- presentativa, se ve a la vista.

● Por el momento la empresa tiene dificultades de liquidez y rentabilidad, pero su patrimonio va en auge.

● Este dinero que se pide no será realmente un gasto, sino una inversión.

● El cliente es lo primero / El cliente tiene siempre la razón.

● El cliente es lo primero / El cliente tiene siempre la razón.

● El motivo de la existencia de cualquier empresa es max imizar la rentabilidad obtenida por sus accionistas.

● Para que los accionistas maximicen su rentabilidad, la empresa ha de producir más dinero del que ellos obten- drían invirtiéndolo en otros negocios.

● La gente es nuestro activo más valioso.

● Fue una decisión racional.

● Nuestra empresa juzga a las personas por sus realizacio- nes.

● Los derechos de todos en la empresa son igualmente respetados.

● El capital que más valoramos aquí es nuestro empleado.

● Así son los negocios; no es nada personal.

● Cualquiera que se imagine que nuestra firma sólo ha teni- do en cuenta los propios intereses, se equivoca.

● Somos los más interesados en que todo el sector, por igual, alcance sus objetivos.

LA DOBLE MORAL, SEGÚN LOS GURÚS DE LOS NEGOCIOS

El pragmatismo lleva mucho tiempo atestiguando que un negocio bueno en el sentido moral, es un mal negocio en el sentido económico. Se da por sentado, por ejemplo, que“ la aplicaciòn de una estrategia, la omisión de informaciòn relevante o la desinformación, puede ser beneficiosa económicamente”.

Lo dice Jorge Etkin en La doble moral de las organizaciones. La ética no es “un ingrediente para triunfar en los negocios”, aunque “hacer honradamente el propio trabajo es una de las exigencias radicales del hombre en cualquier cultura.”

¿Qué pasa con la competencia? La competencia es cruda y sólo conoce el lenguaje del éxito, como la guerra o el sistema de oposición en las administraciones públicas. En la competencia es la mente del consumidor el campo de batalla. Para Koontz Harlod, Administración, una perspectiva global, esta batalla no puede ser llevada a cabo bajo un sentido ético.” Para otros, la ética empresarial supone unos mismos principios que la moral general, en el mismo mundo, con los mismos hombres. Para Etkin, “las normas si son buenas lo son para todos. Pero ni sólo, ni siempre”.

Dentro de un mundo con doble moral, donde no todos comparten los valores, cada uno sabrá qué hace cuándo y con quién. La doble moral difícilmente conduce a otras conclusiones que a las de los viejos moralistas casuistas.

Por eso, el Mercader de Venecia, de Shakespeare, o El avaro, de Molière, no han perdido todavía vigencia. Como siempre, más que un problema de normas, es un problema de hombres.

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